En ocasiones, lo que nos rodea es una suerte de campo magnético idéntico al que ostenta orgulloso el resto de la población. Llamádlo halo o sencillamente personalidad antisocial, yo prefiero no llamarlo, quizás así consiga mantenerlo alejado de mí. Ni me enorgullezco, ni me avergüenzo, sólo una característica más dentro de los adjetivos de una descripción que nunca me esfuerzo en concretar debido a lo efímero de su validez. La certeza de saber que por muy clara que sea mi exposición no podrán jamás entenderlo me hace preguntarme si, quizás, no sea mío el problema en lugar de suyo. Tratar de poner en palabras sensaciones y sentimientos es cohartarlos hasta límites casi ofensivos con la única finalidad de encontrar compresión o alivio en cualquier otro ser humano. No podemos entendernos, realmente es imposible, somos capaces únicamente de identificar lo que nos describen con experiencias propias de tinte más o menos similar y dejar que nuestra empatía haga el resto. Buscamos la exclusividad de lo nuestro, aquello que nos recuerde que somos únicos y decisivos, sin embargo, más a menudo de lo que tal vez nos gustaría recurrimos a las generalizaciones y necesitamos sentirnos identificados con otros, encontrar en ellos un espejo que nos ayude a sobreponernos. El ser humano es contradictorio. Necesito soledad, una inyección que me sede y me obligue a dormir, yo y mis fantasmas, hasta que el mundo haya dejado de ser un territorio deshumanizado y extraño para mí. Pido soledad porque así me siento acompañada, echar de menos algo implica idealizarlo y ansiarlo, una vez que lo obtienes suele decepcionarte y pasar desapercibido en el torbellino de lo cotidiano. Quiero estar recluída conmigo misma porque anhelo teneros de nuevo, sentiros cerca de mí como antaño, quiero necesitaros con letras mayúsculas. Esa necesidad es una realidad que, día tras día, me impulsa a rechazar la monotonía y convertirme en algún personaje secundario de cine negro. Mi mente sigue alejándose de manera subconsciente, la metáfora del globo de helio que se aleja dentro del cielo infinito evadiendo mis saltos. Estoy aburrida, agotada de buscar en los demás lo que no puedo llenar por mí misma, cansada de repetir una y otra vez los mismos patrones, noche tras noche. Tratar de ser feliz en soledad es arduo y poco satisfactorio, soy un ser social aunque no sepa cómo serlo. Envidio a los personajes fílmicos que, únicamente siendo nombrados, sin ser siquiera necesaria su presencia, se nos quedan grabados a fuego en la mente. No sé deslizarme dentro de vosotros, aquellos que me desnudan olvidan guardarse mis ropas. No soy un recuerdo, soy un pasado sin presente a sus espaldas. Pensaba que mirábais sin ver cuando la única verdad es que no hay dónde mirar. Creo que sólo tú podrías fingir entenderme sin pretenderlo, supongo que por eso escribo esto ahora, cuando no hay nadie que pueda reflejar mi mirada. A fin de cuentas, son solo relatos de una polilla encerrada en tu armario dispuesta a dejarse cegar por cualquier bombilla luminiscente que termine por calcinarla. Historia de cuatros paredes y dos alas grises que no se atreven a volar sin un compañero que, al menos, se interese por conocer sus miedos. Eternos viajes suicidas que no terminan de comenzar en el microcosmos de una habitación.
Female.
lunes, 8 de noviembre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
Labios de cicuta, labios de puta.
Aliento con aliento, llamas con hielo. Fusión. Una mirada desnudándome, adelantándose a los acontecimientos. Una erección indiscreta. Deseo ajeno.
Yo no quiero orgasmos, quiero sexo.
La fidelidad es antinatural. No enseñes los dientes si no puedes morder. La parte negativa de dejar pasar una tentación es que quizás no vuelva a presentarse jamás. Aquel que trata de olvidar está condenado a recordar. La sonrisa peligrosa e indescriptible. Pensar en la tentación es el primer paso hacia la caída.Caer está sólo hecho para los afortunados. El remordimiento es la hipocresía del subconsciente. Si no quieres besarme, no me beses.
El infierno en tu mente, el paraíso de tu entrepierna.
Female.
Yo no quiero orgasmos, quiero sexo.
La fidelidad es antinatural. No enseñes los dientes si no puedes morder. La parte negativa de dejar pasar una tentación es que quizás no vuelva a presentarse jamás. Aquel que trata de olvidar está condenado a recordar. La sonrisa peligrosa e indescriptible. Pensar en la tentación es el primer paso hacia la caída.Caer está sólo hecho para los afortunados. El remordimiento es la hipocresía del subconsciente. Si no quieres besarme, no me beses.
El infierno en tu mente, el paraíso de tu entrepierna.
Female.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Los ojos verdes.
Esta historia se llama "Ojos verdes". No, no habla de los bonitos ojos verdes de una linda muchacha. Tampoco de la mirada misteriosa de un atractivo galán. En absoluto. Es un relato sobre un cuadro. Lienzo de unos 60x40 cm. Fondo negro y liso, óleo mate y uniforme. Sobre la primera capa a base de pintura negra están elegantemente situadas dos óvalos de un color verde esmeralda, pinceladas cortas y vibrantes, iridiscentes, que casi parecen animales retorciéndose sobre un lecho de negritud. Solo son dos óvalos con una bola más pequeña de intenso y simple negro circunscrita en el centro. Para mí, son ojos. Ojos que no tienen mirada. Un espejismo abiótico que transmite una potente ilusión vital. A veces pienso que no son los ojos, como tales, lo que emiten esa falsa quimera de ser capaces de observar, únicamente la superficie verde. El iris de los ojos ficticios del cuadro. Es una obra anónima e incompleta, sin título. Me gusta pensar en futuros posibles que el artista habría planeado darle al cuadro en su mente. Soy muy dada a inventar historias infinitas, a cual más enrevesada, sobre cualquier objeto, persona o situación que se cruza en mi camino. También suelo divagar sobre las razones que llevaron al artista a abandonar de lado su creación. Yo encontré el cuadro en el desván de la casa del pueblo de mi abuela paterna. Se cayó de un altillo mientras limpiaba. Nadie sabía nada acerca del cuadro o su procedencia. Nada en absoluto. A mí me gustó, me resultó atractivo y me lo llevé a casa. Ha desaparecido, tal y como llegó, oí un ruido y encontré en el suerlo la balda sobre la que estaba apoyado. El cuadro ya no estaba, se fue sin dejar rastro. Hoy me he levantado con la certeza de haber resuelto el misterio de la vida del verde de los ojos. Sé que ese cuadro ha sido pintado, de alguna manera que desconozco, con el líquido del tinte del iris de los ojos de cientos de gatos. El cuadro se ha ido, supongo que ya no podré comprobarlo y, en caso de acertar, probarlo ante los demás. Una historia curiosa la de este cuadro. Los ojos sin mirada, incompletos, creados por algún desconocido con pintura a base de iris felinos. Quizás esté buscando alguien que pueda acabarlo, pero yo no sé pintar y tengo alergia a los gatos.
Female
Female
Prostitut poem.
He conocido a una mujer. No tengo la más mínima idea de cómo se llama, sin embargo, tengo muy claro que no puede ser medida en años. Yo la llamé Gia y aún la llamo así, sin más, porque me gusta ese nombre. Gia es guapa, todos dicen que no pero es realmente preciosa, ella tiene una cara fascinante y un cuerpo muy bonito. Cuando la ví llevaba puesto un vestido corto y ajustado, palabra de honor, medias oscuras y pulcras y zapatos de tacón, llevaba mucho maquillaje. Estaba sola, sentada en una mesa, bebía y fumaba cigarrillos largos. No sé por qué me decidí a entrar en aquel bar pero lo hice y, como cualquiera podría adivinar, la ví. Me senté en la barra. Todo estaba oscuro. En aquel tugurio viejo había unas 6 mujeres y unos 8 hombres, sin contarnos a Gia ni a mí. Pedí vodka. Me gusta el vodka sin nada más. Estuve un rato sentada, me dolían los pies y estaba cansada. No recuerdo en qué estaba pensando pero no me parecía algo que exigiera demasiada concentración. Gia se levantó de su mesa y se sentó en un taburete a mi lado. "Toma"- me dijo sonriendo y entregándome una cuartilla de papel. Lo leí, parecía un poema pero era algo más. Me gustaría reproducirlo palabra por palabra pero lo he perdido. Recuerdo lo que sentí, lo mismo que siento cuando me miro al espejo a las 3 de la madrugada. Gia estaba a mi lado, mirándome pero sin buscar ninguna reacción, tan sólo mirando. "¿Por qué me das esto? - le pregunté- es muy bonito". Gia se acercó un poco más y se puso un cigarrilo, de aquellos alargados, en los labios, no lo encendió. "Porque es tuyo"- respondió con naturalidad. No podía entender nada. Estaba confusa pero de una forma extraña me sentía bien. "¿Cómo?"- fue todo lo que pude decir. Ella me sonrió y acercó el mechero a su boca para encender el cigarro. "Estaba en mi cabeza, te ví y caí en la cuenta de que era tuyo" - afirmó mientras echaba lentamente el humo. Le devolví una sonrisa. "Ponle título"- le pedí. No me importaba demasiado, sólo quería parecer interesante ante Gia. "No tengo nada más que decir y si hubiera podido expresar todo lo que quería en una sola palabra no me habría molestado en usar tantas" - hablaba de un modo tierno que me hacía sentirme cómoda a su lado. Tiene una voz que me resulta muy sensual. Gia me fascina del todo. Su respuesta me hizo comprender que estaba mirando a los ojos de algo importante. Sus ojos son oscuros, no negros, castaños. "Me llamo Carolina . Estudio periodismo en Madrid. Tengo 21 años. Estoy aquí de vacaciones"- hablé de un modo atropellado y automático, como una cinta de radiocassete. Ella siguió fumando. Me miró directamente a los ojos y bebió un sorbo de mi bebida, sin preguntar. "¿Y tú?" - concluí. Gia no apartó sus ojos de los míos, me estremecí un poco. Olía bien, femenina y sexual. "Yo soy, de momento" - susurró sin dejar de fumar. Posó mi vaso de vodka suavemente delante de mí. "¿En qué trabajas?" - le pregunté tan sólo por seguir escuchándola hablar. Me sentía tonta, como sin saber qué decir. Tenía miedo de que se aburriese y se fuera. "Yo no trabajo - tironeó de sus medias con una elegancia un tanto rara - Quieres saber cómo gano dinero, ¿verdad?"- me dijo dulcemente. "Sí, eso"- admití entre avergonzada y ansiosa. Ella puso su mano sobre la mía. Tenía las manos frías. Eso me reconfortó. "Me acuesto con las personas que me apetece, me gusta eso"- gesticulaba como una bailarina. "Ellos me pagan, a veces, porque supongo que entienden que el dinero es útil para subsistir" - habló como si hubiese dicho lo más obvio y lógico del mundo. "¿Eres puta?"- pregunté con franqueza. "¿Lo soy? - preguntó Gia curiosa - No lo sé, quizás sí, ¿por qué no?" - se rió. Gia me gusta mucho, tiene una vida increible. Ella es inteligente, más que nadie que haya conocido. "Me gustas, creo que eres muy guapa - aseguró- ¿Quieres que te bese?" - me preguntó acercándose mucho a mí. Apagó su cigarrillo. "Sí, me gustaría mucho" - respondí acercándome también a ella. No hay explicación para eso. No la hubo entonces ni la hay ahora. Creo que quise a Gia, ahora también la quiero. Siempre había estado con hombres. Gia me besó. Nos besamos después. Los besos de Gia son los mejores. Me excitan mucho, también el corazón y el alma. Sé que quería seguir besando a Gia sin parar. Ella se apartó. Gia es muy erótica, sus gestos, todo lo hace de esa forma. "Quiero sexo - me dijo con delicadeza mientras colocaba su pelo - Me encantaría poder acostarme contigo" - su naturalidad abrumaba. Yo también quise, siempre quiero cuando es Gia. Se lo dije. Estaba nerviosa, sonrojada, pero tenía muchas ganas. "Tengo que irme - terminó diciendo ella mientras bebía el último trago de mi vodka - Nos volveremos a ver Carolina". Se levantó del taburete. Parecía una pantera negra caminando por la selva. Eso pensé yo. Me quedé allí sentada hasta que cerró el bar. No dije nada. No pude hacerlo. Luego volví al hotel. Encontré a Gia en la puerta. Sonrió de lado, como hace siempre. Pensé en lo guapa y en lo extraña que era, casi a partes iguales. Subimos a mi habitación y nos acostamos. No me apetece contarte como fue, creo que no puedo. Aún no lo tengo del todo claro, siempre es algo distinto cuando se trata de Gia. Así fue cómo sucedió la primera vez. Así encontré a Gia. Todavía sigue conmigo, a veces. Yo no le pago cuando estamos juntas. Hago lo mismo que con mis amigos, cuando me apetece le regalo cosas. Esto es la historia del poema de una prostituta, no la historia de Gia. Ni siquiera es mi historia, ni la historia del día en el que nos conocimos. Ella es Gia y esta es la historia de aquel poema que perdí, el más bonito que haya leído jamás. Le he pedido que vuelva a escribirlo para mí pero ella solo me mira y sonríe como si yo no entendiese algo que no me puede explicar. Ella es preciosa y lista, muy lista y me quiere mucho. Yo la quiero mucho también. Estaría bien recordar aquel poema para tí. Yo no lo necesito, es Gía. Yo a esta historia le pongo título porque no soy como Gía, me parece que resumo todo lo que me falta por decir.
Female.
Female.
domingo, 13 de junio de 2010
Aguardiente de Jara.
No hay nada más peligroso que el desencanto, la pérdida de toda clase de esperanza e ilusión causada por cientos de amargas decepciones. El hastío, la usanza del error, la pérdida de la inocencia decapitada por la cruenta y tortuosa guillotona de una rutina acostumbrada a fracasar.
Toda causa se antoja imposible y perdida mientras el empeño y la fuerza disminuyen inversamente proporcionales y nos volvemos perezosos y sedentarios ante una visión tan abrumadora y pesimista que nos sume en un estado vegetativo y pasivo-nihilista. El desencanto aniquila la capacidad revolucionaria de las personas.
Habitualmente esta tremenda involución viene dada por la edad. Todos aquellos jóvenes cuyos corazones latieron al unísono algún día lejano entonando la Internacional terminan cansados y magullados tras ver todos sus sueños de adolescencia reducidos a cristales rotos y deudas titánicas (y tiránicas) Vivir tratando de derrumbar un muro de adamantium a base de gritos es agotador de la peor forma posible, emocionalmente. Sucumbimos finalmente a los esquemas, a las decisiones, al televisor y a las facturas. Eran jóvenes, eran puros, eran fuertes... Y ahora solo son hormigas en el terrario que ni tan siquiera se molestan en tratar de resquebrajar los cristales y recobrar aquella luz solar que vagamente recuerdan con cariño de cuando en cuando. Cayeron presas del agotamiento mental, consumieron su idealismo e idearon la cadena de consumo, se dejaron capturar por la niebla de una madurez que radica en catalogar todo de imposible y no arriesgar jamás. El credo de la madurez: Si eres menor de 25 años y no eres un idealista, es que no tienes corazón; si pasas de los 40 y aún lo siegues siendo, lo que no tienes es cerebro.
Yo siempre viví aterrado ante la visión de ese día en el que la desesperación me tomaría de la mano y me volvería a encauzar dentro del camino de baldosas amarillas. Me sedaría la edad para venderme, luego, la felicidad embotellada a cambio de mi ser. Temía crecer y perder el clamor adolescente, no deseaba entregarme a mis ídolos para verlos derrumbarse de nuevo. ¿Cuál sería el pedestal que con su caída arrastrara también mi juventud? Quería convertirme en Peter Pan y mantener la visión clara y la ingenuidad intacta, lo suficiente como para seguir luchando amparada por la esperanza concienzuda de la sangre que bulle en la adolescencia.
No hay remedio posible. Parece ser que solo existen dos posibilidades a este mal que aqueja a la humanidad desde tiempos inmemoriales: o creces y te integras en el frenético y vacuo mundo de los adultos, olvidando todo tu poder mas madurando en experiencia y ahorrándote el sufrimiento del abogado del diablo; o bien te mantienes en El País de las Maravillas para siempre, escoges la vida solitaria y tortuosa del pirata y conservas todo tu fulgor intacto de estrella a punto de explotar, adolescente eterno en un cuerpo surcado de arrugas y cabellos canos.
Nadie tenía la solución salvo tú: la mezcla imposible, la madurez ingénua, el infantilismo erótico, la Revolución desarmada. Apareciste, como lo hacen las mejores cosas en la vida, por casualidad predestinada. Me arrastraste hacia tu irrealidad gravitatoria, enredándome en tus vocálicas y armónicas consonantes, hablaste: "No hay batalla perdida, salvo aquella que jamás se libra. No hay empeño más válido y lógico que aquél que obedece a la sinrazón del corazón. No luches por ellos, lucha por tí y regala cada victoria al conjunto de seres humanos. De este modo, cuando caigas, será más sencillo que levantar a toda la humanidad, levantarte tan sólo a tí mismo; no habrá rencor ni odio hacia el mundo, nada que te haga perder la fuerza. Cree en ellos, apóyate en todos aquellos que te inspiran, cree en tí. Sé un ser humano con ojos de niño mas con boca de hombre. Nunca dejes de volar pero nunca apartes tu vista de la tierra y permanecerás siempre dorado. Mas una cosa he de advertirte, cuando crees ciegamente en alguien existe la posibilidad casi certera de que la imagen que fabriques no coincida con la imagen que ofrece realmente (caerás en la ingenuidad peligrosa) y te sentirás defraudado; es por ello que te ruego que no esperes a que el ídolo caiga por sí mismo, no te sientes a ver cómo se marchita agonizando en su lecho de muerte, no observes pasivo y melancólico la corrupción de la divinidad terrenal. No asistas al funeral, no les dejes caer. Asesina a tus ídolos, mátalos cuando aún son jóvenes y fuertes, crucifícalos cuando aún se mantienen hermosos y resplandecientes, porque esa es la única manera de hacerlos vivir para siempre"
Y en un úlimo susurro concluiste: "Aléjate de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños"
Tú, tú eres la única cura posible a mi tan temida misantropía escarmentada.
Eran consejos de viento grabados en piedra, advertencias cantadas como poemas en tu risa de arrullo de mar. Me enseñaste a amar a las rosas a pesar de sus espinas, calibrando equilibradamente la sal que hacía arder mis ojos con los bálsamos de camomila que esclarecían mi visión, me hiciste fuerte sin dejar que me escondiese tras una armadura de metal demencial. Cuentos que hablaban de matanzas y visiones, melodías que lloraban sangre y escribían Historia, besos que cerraban heridas y abrían la mente; removiendo mis entrañas entre el aroma de la esencia de tu genialidad.
Estoy construyendo tu cruz, dame tiempo, no te diluyas aún... te voy a asesinar.
Female.
Toda causa se antoja imposible y perdida mientras el empeño y la fuerza disminuyen inversamente proporcionales y nos volvemos perezosos y sedentarios ante una visión tan abrumadora y pesimista que nos sume en un estado vegetativo y pasivo-nihilista. El desencanto aniquila la capacidad revolucionaria de las personas.
Habitualmente esta tremenda involución viene dada por la edad. Todos aquellos jóvenes cuyos corazones latieron al unísono algún día lejano entonando la Internacional terminan cansados y magullados tras ver todos sus sueños de adolescencia reducidos a cristales rotos y deudas titánicas (y tiránicas) Vivir tratando de derrumbar un muro de adamantium a base de gritos es agotador de la peor forma posible, emocionalmente. Sucumbimos finalmente a los esquemas, a las decisiones, al televisor y a las facturas. Eran jóvenes, eran puros, eran fuertes... Y ahora solo son hormigas en el terrario que ni tan siquiera se molestan en tratar de resquebrajar los cristales y recobrar aquella luz solar que vagamente recuerdan con cariño de cuando en cuando. Cayeron presas del agotamiento mental, consumieron su idealismo e idearon la cadena de consumo, se dejaron capturar por la niebla de una madurez que radica en catalogar todo de imposible y no arriesgar jamás. El credo de la madurez: Si eres menor de 25 años y no eres un idealista, es que no tienes corazón; si pasas de los 40 y aún lo siegues siendo, lo que no tienes es cerebro.
Yo siempre viví aterrado ante la visión de ese día en el que la desesperación me tomaría de la mano y me volvería a encauzar dentro del camino de baldosas amarillas. Me sedaría la edad para venderme, luego, la felicidad embotellada a cambio de mi ser. Temía crecer y perder el clamor adolescente, no deseaba entregarme a mis ídolos para verlos derrumbarse de nuevo. ¿Cuál sería el pedestal que con su caída arrastrara también mi juventud? Quería convertirme en Peter Pan y mantener la visión clara y la ingenuidad intacta, lo suficiente como para seguir luchando amparada por la esperanza concienzuda de la sangre que bulle en la adolescencia.
No hay remedio posible. Parece ser que solo existen dos posibilidades a este mal que aqueja a la humanidad desde tiempos inmemoriales: o creces y te integras en el frenético y vacuo mundo de los adultos, olvidando todo tu poder mas madurando en experiencia y ahorrándote el sufrimiento del abogado del diablo; o bien te mantienes en El País de las Maravillas para siempre, escoges la vida solitaria y tortuosa del pirata y conservas todo tu fulgor intacto de estrella a punto de explotar, adolescente eterno en un cuerpo surcado de arrugas y cabellos canos.
Nadie tenía la solución salvo tú: la mezcla imposible, la madurez ingénua, el infantilismo erótico, la Revolución desarmada. Apareciste, como lo hacen las mejores cosas en la vida, por casualidad predestinada. Me arrastraste hacia tu irrealidad gravitatoria, enredándome en tus vocálicas y armónicas consonantes, hablaste: "No hay batalla perdida, salvo aquella que jamás se libra. No hay empeño más válido y lógico que aquél que obedece a la sinrazón del corazón. No luches por ellos, lucha por tí y regala cada victoria al conjunto de seres humanos. De este modo, cuando caigas, será más sencillo que levantar a toda la humanidad, levantarte tan sólo a tí mismo; no habrá rencor ni odio hacia el mundo, nada que te haga perder la fuerza. Cree en ellos, apóyate en todos aquellos que te inspiran, cree en tí. Sé un ser humano con ojos de niño mas con boca de hombre. Nunca dejes de volar pero nunca apartes tu vista de la tierra y permanecerás siempre dorado. Mas una cosa he de advertirte, cuando crees ciegamente en alguien existe la posibilidad casi certera de que la imagen que fabriques no coincida con la imagen que ofrece realmente (caerás en la ingenuidad peligrosa) y te sentirás defraudado; es por ello que te ruego que no esperes a que el ídolo caiga por sí mismo, no te sientes a ver cómo se marchita agonizando en su lecho de muerte, no observes pasivo y melancólico la corrupción de la divinidad terrenal. No asistas al funeral, no les dejes caer. Asesina a tus ídolos, mátalos cuando aún son jóvenes y fuertes, crucifícalos cuando aún se mantienen hermosos y resplandecientes, porque esa es la única manera de hacerlos vivir para siempre"
Y en un úlimo susurro concluiste: "Aléjate de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños"
Tú, tú eres la única cura posible a mi tan temida misantropía escarmentada.
Eran consejos de viento grabados en piedra, advertencias cantadas como poemas en tu risa de arrullo de mar. Me enseñaste a amar a las rosas a pesar de sus espinas, calibrando equilibradamente la sal que hacía arder mis ojos con los bálsamos de camomila que esclarecían mi visión, me hiciste fuerte sin dejar que me escondiese tras una armadura de metal demencial. Cuentos que hablaban de matanzas y visiones, melodías que lloraban sangre y escribían Historia, besos que cerraban heridas y abrían la mente; removiendo mis entrañas entre el aroma de la esencia de tu genialidad.
Estoy construyendo tu cruz, dame tiempo, no te diluyas aún... te voy a asesinar.
Female.
domingo, 6 de junio de 2010
Despeinada.
Corre, huye, bésame, quiero más... ¿Se puede saber qué diablos nos pasa? ¿Qué diantres ocurre con nosotros dos? ¿Quién juega con quién? ¿Por qué siento que voy ganando cuando en realidad todo apunta a que pierdo? Creo que te estoy volviendo loco y sé que te gusta.
Anoche llegué a casa en modo automático, mi subconsciente aún conserva vestigios de lo que debió ser el instinto primario de supervivencia. Mis pies se dirigían hacia la escena de un crimen aún por cometer mientras el resto de mi cuerpo era acariciado por los látigos de tus palabras. Mi piel estaba helada mientras mi interior ardía, mis pecados tatuados por tu lengua se escurrían bajo mi falda adentrándose más y más en mi interior con cada paso. Caminando como en trance, siendo deliciosamente violada por mi mente en medio de las calles semivacias, desnuda bajo mi ropa. Éxtasis frenético de alcohol en sangre, de mi naturaleza sucia a la perfección sórdida en una copa de más. Abrir los ojos en un apenas audible gemido, explosionando en mi interior, y encontrarme en la cama. Mi disfraz yaciendo muerto de placer en el suelo. Las sábanas se enredan a mi pecho, ciñendose a mi figura como una segunda piel, la tuya. Una serpiente en medio del asfalto, empapada de alquitrán, arrastrando sus escamas, anudándose a tus pies hasta cortar la circulación. Como Lucy, en el cielo y refulgiendo perlada de tus diamantes. Te encontré en el humo de la habitación, me relamí a cámara lenta, saborée mi boca. Naufragué en tus fluidos. Embalsamada con tu lengua hasta desgastar mis huesos. Una muerte diminuta y toneladas de arena. Y ni siquiera estabas allí. Me expiaré en tu tortura.
La próxima vez, acompáñame a jugar.
Revelaciones rojas: Quiero hacer cosas realmente malas contigo.
Despeinada.
Anoche llegué a casa en modo automático, mi subconsciente aún conserva vestigios de lo que debió ser el instinto primario de supervivencia. Mis pies se dirigían hacia la escena de un crimen aún por cometer mientras el resto de mi cuerpo era acariciado por los látigos de tus palabras. Mi piel estaba helada mientras mi interior ardía, mis pecados tatuados por tu lengua se escurrían bajo mi falda adentrándose más y más en mi interior con cada paso. Caminando como en trance, siendo deliciosamente violada por mi mente en medio de las calles semivacias, desnuda bajo mi ropa. Éxtasis frenético de alcohol en sangre, de mi naturaleza sucia a la perfección sórdida en una copa de más. Abrir los ojos en un apenas audible gemido, explosionando en mi interior, y encontrarme en la cama. Mi disfraz yaciendo muerto de placer en el suelo. Las sábanas se enredan a mi pecho, ciñendose a mi figura como una segunda piel, la tuya. Una serpiente en medio del asfalto, empapada de alquitrán, arrastrando sus escamas, anudándose a tus pies hasta cortar la circulación. Como Lucy, en el cielo y refulgiendo perlada de tus diamantes. Te encontré en el humo de la habitación, me relamí a cámara lenta, saborée mi boca. Naufragué en tus fluidos. Embalsamada con tu lengua hasta desgastar mis huesos. Una muerte diminuta y toneladas de arena. Y ni siquiera estabas allí. Me expiaré en tu tortura.
La próxima vez, acompáñame a jugar.
Revelaciones rojas: Quiero hacer cosas realmente malas contigo.
Despeinada.
jueves, 27 de mayo de 2010
Labios pintados, sábanas sucias.
Me siento volatil, lívida y ligera como un suspiro. El aire ha edificado una delicada pasarela para que mis pies no tengan que rozar el suelo. No sé si es una bendición o un castigo pero mi naturaleza me impide echar raices y anclarme a la tierra. Estoy condenada a errar por siempre jamás. Me desvanezco, la petit mort. Soy la mujer de humo, la mujer viento, la mujer de agua, la mujer fuego.
Lo único que quiero ahora mismo es yacer sobre tu cama desnuda y extasiada. Sentir los gemidos escaparse de mis labios humedecidos, como siempre, entreabiertos. Notar tus manos arañándome, tiñendo de carmesí mi piel de nieve. Fundir mi pintalabios con tu cuerpo, corrido en mi boca. Muérdeme hasta que se corte mi respiración. Lléname de heridas y cardenales, lámelos. Mi ropa desperdigada aleatoriamente por tu santuario. Ya no hay cines, baños o estaciones de tren. Tú friccionas y yo me fusiono. Me muerdo los labios para contener mis gritos. No quiero. Mis uñas rojas pierden el color en tu carne. Gimo. Muerdo. Tiemblo. Araño. Grito. Pierdo el sentido. Sexo. Me miras y te miro. Mis labios, mis labios, mis labios...
Necesito volver a sentir tu placer. Hacerte perder la cabeza, la dignidad y la razón. Obligarte al orgasmo. Encadenarte a mi cuerpo. Morir calcinada en tus brazos. Jugar contigo.
Dices que las mujeres son más hermosas desnudas mientras me subes el tirante del vestido.
Deja que te susurre al oido: quiero sexo.
Vuelvo a sentirme una puta.
Lo único que quiero ahora mismo es yacer sobre tu cama desnuda y extasiada. Sentir los gemidos escaparse de mis labios humedecidos, como siempre, entreabiertos. Notar tus manos arañándome, tiñendo de carmesí mi piel de nieve. Fundir mi pintalabios con tu cuerpo, corrido en mi boca. Muérdeme hasta que se corte mi respiración. Lléname de heridas y cardenales, lámelos. Mi ropa desperdigada aleatoriamente por tu santuario. Ya no hay cines, baños o estaciones de tren. Tú friccionas y yo me fusiono. Me muerdo los labios para contener mis gritos. No quiero. Mis uñas rojas pierden el color en tu carne. Gimo. Muerdo. Tiemblo. Araño. Grito. Pierdo el sentido. Sexo. Me miras y te miro. Mis labios, mis labios, mis labios...
Necesito volver a sentir tu placer. Hacerte perder la cabeza, la dignidad y la razón. Obligarte al orgasmo. Encadenarte a mi cuerpo. Morir calcinada en tus brazos. Jugar contigo.
Dices que las mujeres son más hermosas desnudas mientras me subes el tirante del vestido.
Deja que te susurre al oido: quiero sexo.
Vuelvo a sentirme una puta.
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