Hija del viento y del sol. Cimbreantes las caderas que son costas lamidas por las olas del mar, se retuerce en su baile como las llamas en la hoguera alrededor de la cual está danzando. Ninfa en la frontera entre la niñez y la edad adulta, caminando sobre la línea en armonioso y vivaz zig-zag. El cabello negro y despeinado por la brisa estival como un velo de sicalipsis cayendo sobre sus hombros tan maquiavélica como aleatoriamente. Muchacha de falda descarada que se mueve discordante al ritmo del golpeteo de sus talones descalzos en la blanca arena de la playa. Gira y gira con la elegancia sensual de las panteras mas con la sonrisa inocente de una criatura que sencillamente juega. Todos los hombres de la isla se sientan alrededor del fuego a contemplar el insolente y pecaminoso movimiento de su pecho bajo el corpiño y ven nacer, con la fricción de sus muslos, todos sus infiernos. Aroma de canela y pimienta, con una flor prendida en el cabello, asesina la existencia. Como moscas a la miel y hombres a la carne, se deleitan los jóvenes acompañando con sus palmas el espectáculo carnal, bajo la luz de una luna que parece palidecer de puro celo. Brillan pícaros y oscuros sus ojos, embrujo y trampa para ratones que en ellos quedan por siempre encadenados. Labios rojos, color de la sangre de un corazón herido y pasional como sus propios movimientos, incitantes e indecentes proposiciones. Los muchachos embelesados se dejan seducir por sus caricias de aire. Ella les rie, les trae y les lleva, les baila el agua como Selene a Poseidón. Se deja rozar y se retira sin premeditación pero con natural alevosía, dejando sus pieles ardientes y desesperadas de su roce de frío cristal. El deseo insaciable dibuja en las mentes de todos ellos fantasías infinitas impregnadas de lujuria animal. Ella sigue girando velozmente y sus pies parecen flotar una cuarta por encima del suelo. La música llega al culmen y el pecado al éxtasis, ella hace el amor con la mirada.
Las últimas notas abandonan la guitarra española, al tiempo que su boca susurra lentamente "bé-sa-me" y sus manos recorren la sinuosa silueta de su figura adolescente.
Todos caen fulminados ante su encanto y aplauden poseídos por su hechizo de sirena.
La joven ha fijado su objetivo que la miraba en silencio desde la oscuridad, es él. El lobo que olvidó comérsela aquella noche en el bosque. Cae al suelo y gatea felina hacia uno de los chicos de la primera fila, melosa le susurra la canción prohibida al oído y juguetea con sus manos de mujer fatal sobre el sudoroso y afortunado muchacho, mantiene sus ojos clavados en el lobo que comienza a enseñar los dientes reclamando lo que un día pudo ser suyo.
El lobo que no puede comerse a la oveja, la niña ha decido invertir los papeles. Al menos se camuflará con una espesa pelliza de cordero y solo él será capaz de advertir el brillo de sus dientes lobunos, dueños de mordiscos dignos de un paraíso cuyos cielos están teñidos del color de la llamas del inframundo.
Bebiste de otras fuentes hasta saciar tu sed y ahora solo quieres arañarte la garganta con sus besos de arena. Imántados y magnéticos, polos opuestos, atracción fatal. El orgullo vendó tus ojos verdes como la envidia de su tacto que era solo para tí, despréciala una vez pero nunca dos. La sentiste tuya y el interés desapareció, pero tu posesión no fue más que una ilusión mental de tu arrogante condición de hombre y al sentirla libre y apátrida como las estrellas fugaces, la anhelas más que nunca.
¿Pensabas que sería tan fácil? Te hizo caer una vez, si ella quisiera... ¿qué te hace pensar que serás capaz de evitar la caída final?
La única forma de vencer a la tentación es caer en ella... ELLA.
Female.
lunes, 15 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
¿What should I do?
No soy lo suficientemente valiente como para ser odiada. Por eso me miento. Admito mi cobardía y mi culpabilidad, preparada para todo juicio. Querría ser una chica de armas tomar, una mujer fatal, una Mata-Hari llena de descaro y malas intenciones, capaz de escudarme en la hipocresía de una sociedad enferma para poder hacer lo que el cuerpo me pidiera. De hecho lo fui, lo soy y lo seré pero, por alguna extraña razón, todo es distinto contigo. Necesito el sufrimiento, el cultivo de algún dolor, para creer que me merezco lo que tomo de los otros, para darle sentido a mi propia auto-compasión. Contradicciones que buscan la felicidad en la parte más honda del lago. Llámenlo platonismo, tristes ideales, amor o gilipollez adolescente, lo que ustedes gusten. Puede que sea cierta la absurda idea de que todos terminamos por acostumbrarnos a nuestras cadenas hasta el punto de llegar a necesitarlas conteniendo nuestros instintos más primarios. Soy consciente de mi confinamiento (a)moral. Un amigo suele decir que la moral son normas básicas de comportamiento personal, el protocolo de nuestra existencia, declaraciones de principios que en caso de ser infringidos nos condenan a un desasosiego personal insalvable. Conozco otro hombre cuya declaración de principios ha sido beatificada por el colectivo de aprendices sin maestro, ir en contra de la corriente es también una forma de dejarse arrastrar por ella, ahora es apático y gris por convencimiento además de por vocación. A mí me sigue gustando releer el libro y suicidarme ante el descubrimiento de mi propia y anunciada mediocridad. Puede que siga siendo una romántica después de todo... Me levanto y les planteo millones de preguntas a mis amantes platónicos muertos, ninguno se molesta en contestarme así que decido serles terriblemente infiel y me embarco en la búsqueda de respuestas por mi cuenta. Abrazo con todos mis anhelos de aventuras un poemario anónimo e introduzco en un buscador de internet los títulos de todas mis concubinas de media noche, busco música. Sólo encuentro silencio, las voces del silencio cargadas de gritos ahogados a la altura de la tráquea, tan profundo que sólo a mí me resulta incómodo. Una quietud que no entiende de abstracción, tan material y física que puedo sentirla cerniéndose sobre mí como un manto de plomo. Aunque nos cueste, supongo que todos terminamos por asumir nuestros respectivos mutismos. Siempre he entendido el romanticismo como algo siniestro y hermoso, convencionalmente extraña, nosotros y nuestras jaulas acolchadas. En ausencia de música y respuestas, escribo en primera persona para nadie. El muro me ayudaba a dormir mejor, lo que no implica acostarme más temprano. La caída final llegó cuando mis dedos teclearon el primer "yo" en esta historia incompleta. Podría publicar tantas declaraciones de principios como jaquecas me aquejan a lo largo del día, pero no serían más que páginas en blanco.
Supongo que sigo siendo una simple muñeca. Hoy me siento la querida de todos sin serlo realmente de nadie. Soy de mentira, como tú, tengo que alejarme de tu fuego o terminaré convertida en plástico derretido, sería mejor que enmohecer en la repisa mientras te contemplo desvestir y jugar con nuevas adquisiciones. Nunca fuí una experta en aquello de preparar la escena del crimen, reclutada casi por sorpresa por las fuerzas de Venus para misiones que nunca estuvieron a mi alcance. Me vistieron de rojo, me dieron las armas y me forzaron a caminar por la linea sobre zapatos de tacón, como enseñar un pedazo de pastel a un muerto de hambre. Me encanta decir que solo soy feliz cuando llueve mientras exhalo el humo a la francesa y te miro con muecas seductoras como si mi corazón no se hubiera desangrado. Sabes que me vuelve loca hacerte creer que soy la fatídica y mortífera Lolita, hija de la inocencia y criada en la tierra prometida del pecado, maquillando mis decepciones con cicuta y citas de poetas bohemios.
Dejando pasar nuestras tardes de domingo como Mary y Byron a la lumbre del fuego, dibujando nuestros monstruos, discutiendo sobre la levedad del ser y la incertidumbre de la serendipia, dramas novechentistas que jamás llegaremos a comprender, mas como excelentes actores que somos, los interpretaremos con la exquisitez del más elitista teatro ambulante. Caminar por la ciudad como si toda ella fuera un enorme escenario mientras te busco, yo te daré el guión y la obra cobrará vida. Una mañana más me disfrazo de dulzura y me trago la melancolía aderezada con ron y hierbabuena al ritmo de una habanera del siglo XXI. Estoy de luto. Me pienso tragicómica, absurda y hambrienta, descubriendo mi paraiso particular en cada mordisco no dado, en cada letra de tu nombre. Detesto la rigidez de los números, cuya insolente verdad no entiende de calamidad humana. ¿Quién dijo que cuatro y cuatro resultaran ocho? El mismo que alimentó mis esperanzas e ilusiones, haciéndolas crecer hasta alcanzar el tamaño de un enorme tumor en mi cerebro que me está consumiendo. Falacias incongruentes, casi tanto como yo. Quieren demostrarme algunas cosas, yo sólo quiero perderme en el bosque con mi caperuza escarlata y que el lobo devore las comisuras de mis labios, sin previo aviso.
Te abandonaste en su oscuridad y me dejaste olvidada en la buhardilla a la que solía subir descalza, clavándome las astillas de madera en las plantas de los pies, en busca de tesoros ocultos de un pasado mejor. Hablo de mi memoria.
Una vez más, en mi demencia particular, no sé si morder, gritar, huir o llorar...
Al menos he sobrevivido.
Medio desnuda sobre mi cama, brindo con un póster de Alex Delarge alzando un vaso de leche y sonrío sorprendida ante mi propia excentricidad.
Female.
Supongo que sigo siendo una simple muñeca. Hoy me siento la querida de todos sin serlo realmente de nadie. Soy de mentira, como tú, tengo que alejarme de tu fuego o terminaré convertida en plástico derretido, sería mejor que enmohecer en la repisa mientras te contemplo desvestir y jugar con nuevas adquisiciones. Nunca fuí una experta en aquello de preparar la escena del crimen, reclutada casi por sorpresa por las fuerzas de Venus para misiones que nunca estuvieron a mi alcance. Me vistieron de rojo, me dieron las armas y me forzaron a caminar por la linea sobre zapatos de tacón, como enseñar un pedazo de pastel a un muerto de hambre. Me encanta decir que solo soy feliz cuando llueve mientras exhalo el humo a la francesa y te miro con muecas seductoras como si mi corazón no se hubiera desangrado. Sabes que me vuelve loca hacerte creer que soy la fatídica y mortífera Lolita, hija de la inocencia y criada en la tierra prometida del pecado, maquillando mis decepciones con cicuta y citas de poetas bohemios.
Dejando pasar nuestras tardes de domingo como Mary y Byron a la lumbre del fuego, dibujando nuestros monstruos, discutiendo sobre la levedad del ser y la incertidumbre de la serendipia, dramas novechentistas que jamás llegaremos a comprender, mas como excelentes actores que somos, los interpretaremos con la exquisitez del más elitista teatro ambulante. Caminar por la ciudad como si toda ella fuera un enorme escenario mientras te busco, yo te daré el guión y la obra cobrará vida. Una mañana más me disfrazo de dulzura y me trago la melancolía aderezada con ron y hierbabuena al ritmo de una habanera del siglo XXI. Estoy de luto. Me pienso tragicómica, absurda y hambrienta, descubriendo mi paraiso particular en cada mordisco no dado, en cada letra de tu nombre. Detesto la rigidez de los números, cuya insolente verdad no entiende de calamidad humana. ¿Quién dijo que cuatro y cuatro resultaran ocho? El mismo que alimentó mis esperanzas e ilusiones, haciéndolas crecer hasta alcanzar el tamaño de un enorme tumor en mi cerebro que me está consumiendo. Falacias incongruentes, casi tanto como yo. Quieren demostrarme algunas cosas, yo sólo quiero perderme en el bosque con mi caperuza escarlata y que el lobo devore las comisuras de mis labios, sin previo aviso.
Te abandonaste en su oscuridad y me dejaste olvidada en la buhardilla a la que solía subir descalza, clavándome las astillas de madera en las plantas de los pies, en busca de tesoros ocultos de un pasado mejor. Hablo de mi memoria.
Una vez más, en mi demencia particular, no sé si morder, gritar, huir o llorar...
Al menos he sobrevivido.
Medio desnuda sobre mi cama, brindo con un póster de Alex Delarge alzando un vaso de leche y sonrío sorprendida ante mi propia excentricidad.
Female.
martes, 9 de marzo de 2010
La paciente de la celda 3.
Día: Pastillas roja, azul y blanca ovalada. Visita a la sala verde al fondo del pasillo (dos veces) Creo que es Martes.
Hora: Gracias a los rayos de luz que se cuelan entre las rendijas y se reflejan en las paredes blancas de mi celda acolchada calculo que el día acaba de despuntar.
Aquí dentro el tiempo cobra una dimensión diferente, lo único que me marca una leve pauta de horarios son las comidas y los tratamientos. No recuerdo mi nombre, no sé cuánto tiempo llevo aquí, ni los años que tengo, los médicos aseguran que son efectos secundarios del tratamiento y que no tengo nada por lo que preocuparme (supongo que se equivocan o no estaría aquí)
A veces, tarde en la noche, recuerdo cosas de mi pasado, imágenes que desfilan ante mí más deprisa de lo que mi subconsciente es capaz de asimilar. Cuando me duermo sueño con ellas: unos ojos negros y profundos que se ciernen sobre mí, un lobo aullando en mitad de la noche, una muchacha con un vestido rojo, un reloj... Nunca consigo reconstruirlas en mi mente y estructurarlas de modo que adquieran algún sentido para mí, me siento una intrusa en los recuerdos de un ente completamente ajeno. De todos modos, cuando aún estoy desprendiéndome del sueño y despertando en mi realidad, ellos me llevan a la sala roja y cuándo estoy de nuevo en mi cuarto ya no consigo recordar nada. El médico dice que debo olvidar, esos recuerdos son la causa de mi enfermedad y es necesario que los hagan desaparecer de mi cabeza, sea como sea. Francamente no lo entiendo,no comprendo cual es ese horrendo transtorno del que hablan, yo nunca causo problemas. Los paranoicos se encierran en sus jaulas, escribiendo cosas extrañas en las paredes y renegando de cualquiera que trate de acercarse a ellos; la psicosis de la mujer de la habitación de la derecha la hace gritar, herirse y atacar a todos los que tratan de entrar en su cuarto; el chico de la habitación de arriba tiene que estar encadenado por los fuertes impulsos pirómanos y sádicos que padece... Y yo, yo sin embargo me limito a llorar algunas noches y escribir en una libreta de papel. Sin embargo, los médicos dicen que soy la más peligrosa, que es probable que jamás recupere la cordura y vuelva a ver la luz más allá de estos muros. ¿Qué terrible experiencia me ha sumido en el estadío de la locura? ¿Por qué diablos estoy aquí? ¿Quién eras tú? Ojalá pudiese recordarlo. Esta mañana les oí hablar, ellos creen que no escucho, pero lo hago. Hablaron del chico de la celda de la izquierda, la celda 2. Él es como yo, dicen que nuestros transtornos son complementarios. Por alguna extraña razón, que escapa a mi comprensión, temen que estemos tan cerca. Discutieron y les oí gritar, unos dicen que debemos vernos y otros consideran que deberíamos estar recluidos en centros a kilómetros de distancia. Pronunciaron su nombre, aunque lo he intentado no lo recuerdo, está tapiado bajo una densa cortina que no consigo descorrer. Me gustaría conocerle. Jamás dejarán que nadie entre en mi cuarto. Recuerdo un día en que la enfermera bonita de los ojos azules (la de las pastillas cuadradas y verdes) se sentó a hablar conmigo, me encontró tranquila y mejorada (o eso dijo), yo le pregunté la razón de mi obligada cuarentena y ella me respondió dulcemente que si me permitían que alguién se quedara conmigo en el cuarto me abalanzaría sobre él buscando "sus labios" (no puedo entender a quién se refería) y al no encontrarlos devolviendo mi beso, corría el peligro de estallar de agonía y desesperación y tardar semanas (y largas sesiones de terapia cerebral) en recuperarme. ¿Qué labios son esos? ¿A quién quiero besar? Empieza a dolerme la cabeza, quizás debería descansar un rato. En seguida vendrán a buscarme, tengo miedo, hoy me espera la sala blanca. La enfermera pelirroja y rechoncha no tardará en entrar, me dirá algo dulce, me atará a la camilla y recorreremos el pasillo hablando del bien que me hará la lobotomía, mientras trata de infundarme valor inútilmente con palabras de cariño (como cada mes).
He vuelto a despertar en esta habitación, no sé cuantos días han pasado desde la última vez, gracias a este cuaderno entiendo que se debe a los efectos de la lobotomía. Me siento vacía, cansada, mareada y confortablemente insensible. Sin embargo, estoy intraquila. Vaticino la tempestad tremendamente cerca, yo... creo que me acuerdo de la primera letra de su nombre.
Por favor, dime que no eres el paciente de la celda 2. Dime que no me recuerdas.
¿Alguien más ahí fuera se siente como yo?
Esta vez la dosis ha sido superior, mi mente está en blanco.
No consigo olvidar y esto me está enloqueciendo. ¿Me recuerdas tú?
Female.
Hora: Gracias a los rayos de luz que se cuelan entre las rendijas y se reflejan en las paredes blancas de mi celda acolchada calculo que el día acaba de despuntar.
Aquí dentro el tiempo cobra una dimensión diferente, lo único que me marca una leve pauta de horarios son las comidas y los tratamientos. No recuerdo mi nombre, no sé cuánto tiempo llevo aquí, ni los años que tengo, los médicos aseguran que son efectos secundarios del tratamiento y que no tengo nada por lo que preocuparme (supongo que se equivocan o no estaría aquí)
A veces, tarde en la noche, recuerdo cosas de mi pasado, imágenes que desfilan ante mí más deprisa de lo que mi subconsciente es capaz de asimilar. Cuando me duermo sueño con ellas: unos ojos negros y profundos que se ciernen sobre mí, un lobo aullando en mitad de la noche, una muchacha con un vestido rojo, un reloj... Nunca consigo reconstruirlas en mi mente y estructurarlas de modo que adquieran algún sentido para mí, me siento una intrusa en los recuerdos de un ente completamente ajeno. De todos modos, cuando aún estoy desprendiéndome del sueño y despertando en mi realidad, ellos me llevan a la sala roja y cuándo estoy de nuevo en mi cuarto ya no consigo recordar nada. El médico dice que debo olvidar, esos recuerdos son la causa de mi enfermedad y es necesario que los hagan desaparecer de mi cabeza, sea como sea. Francamente no lo entiendo,no comprendo cual es ese horrendo transtorno del que hablan, yo nunca causo problemas. Los paranoicos se encierran en sus jaulas, escribiendo cosas extrañas en las paredes y renegando de cualquiera que trate de acercarse a ellos; la psicosis de la mujer de la habitación de la derecha la hace gritar, herirse y atacar a todos los que tratan de entrar en su cuarto; el chico de la habitación de arriba tiene que estar encadenado por los fuertes impulsos pirómanos y sádicos que padece... Y yo, yo sin embargo me limito a llorar algunas noches y escribir en una libreta de papel. Sin embargo, los médicos dicen que soy la más peligrosa, que es probable que jamás recupere la cordura y vuelva a ver la luz más allá de estos muros. ¿Qué terrible experiencia me ha sumido en el estadío de la locura? ¿Por qué diablos estoy aquí? ¿Quién eras tú? Ojalá pudiese recordarlo. Esta mañana les oí hablar, ellos creen que no escucho, pero lo hago. Hablaron del chico de la celda de la izquierda, la celda 2. Él es como yo, dicen que nuestros transtornos son complementarios. Por alguna extraña razón, que escapa a mi comprensión, temen que estemos tan cerca. Discutieron y les oí gritar, unos dicen que debemos vernos y otros consideran que deberíamos estar recluidos en centros a kilómetros de distancia. Pronunciaron su nombre, aunque lo he intentado no lo recuerdo, está tapiado bajo una densa cortina que no consigo descorrer. Me gustaría conocerle. Jamás dejarán que nadie entre en mi cuarto. Recuerdo un día en que la enfermera bonita de los ojos azules (la de las pastillas cuadradas y verdes) se sentó a hablar conmigo, me encontró tranquila y mejorada (o eso dijo), yo le pregunté la razón de mi obligada cuarentena y ella me respondió dulcemente que si me permitían que alguién se quedara conmigo en el cuarto me abalanzaría sobre él buscando "sus labios" (no puedo entender a quién se refería) y al no encontrarlos devolviendo mi beso, corría el peligro de estallar de agonía y desesperación y tardar semanas (y largas sesiones de terapia cerebral) en recuperarme. ¿Qué labios son esos? ¿A quién quiero besar? Empieza a dolerme la cabeza, quizás debería descansar un rato. En seguida vendrán a buscarme, tengo miedo, hoy me espera la sala blanca. La enfermera pelirroja y rechoncha no tardará en entrar, me dirá algo dulce, me atará a la camilla y recorreremos el pasillo hablando del bien que me hará la lobotomía, mientras trata de infundarme valor inútilmente con palabras de cariño (como cada mes).
He vuelto a despertar en esta habitación, no sé cuantos días han pasado desde la última vez, gracias a este cuaderno entiendo que se debe a los efectos de la lobotomía. Me siento vacía, cansada, mareada y confortablemente insensible. Sin embargo, estoy intraquila. Vaticino la tempestad tremendamente cerca, yo... creo que me acuerdo de la primera letra de su nombre.
Por favor, dime que no eres el paciente de la celda 2. Dime que no me recuerdas.
¿Alguien más ahí fuera se siente como yo?
Esta vez la dosis ha sido superior, mi mente está en blanco.
No consigo olvidar y esto me está enloqueciendo. ¿Me recuerdas tú?
Female.
domingo, 28 de febrero de 2010
Time.
Corres y corres para alcanzar el Sol, persiguiendo su ardiente magnificencia hacia el ocaso. Brillante estrella en el cielo, tus pasos devoran el asfalto, la hierba, la arena del camino. Una cacería de fantasmas, sabes que nunca podrás arañarlo pero tu empeño crece segundo a segundo, la razón no te detendrá. Tu corazón bombeando triplicando su capacidad, los jadeos permanentes en tus pulmones y lacerantes heridas en las plantas de los pies. Mantienes tu mente en la carrera, las líneas del mundo se desdibujan a tu alrededor y todo carece de importancia, tu flaqueza contenida tras un enorme muro de propósitos toma fuerzas de tu propia determinación enfermiza. Una única y obsesiva fijación: el Sol.
La refulgente esfera avanzando siempre por delante de tí, siempre. Aumentas la velocidad al borde del colpaso en un último y apoteósico esfuerzo, en vano. Tus músculos ceden, hebra por hebra, la sangre como ácido hace reventar todos tus vasos sanguíneos, uno por uno, el calor abrasador de la incalcanzable esfera derrite tu ser, poco a poco. Te has convertido en un magma acorporeo e incandescente, caes de rodillas al suelo, fulminado, extasiado y desfallecido. Alzas la vista en su busca, clamando compasión, el cielo está vacío. El Sol se está elevando por detrás de ti haciéndote encarar las tinieblas, riéndose socarronamente de tí.
Finalmente, lo único que te queda son esas terribles quemaduras en tu espalda.
Ya no te queda tiempo... se ha evaporado.
Female.
La refulgente esfera avanzando siempre por delante de tí, siempre. Aumentas la velocidad al borde del colpaso en un último y apoteósico esfuerzo, en vano. Tus músculos ceden, hebra por hebra, la sangre como ácido hace reventar todos tus vasos sanguíneos, uno por uno, el calor abrasador de la incalcanzable esfera derrite tu ser, poco a poco. Te has convertido en un magma acorporeo e incandescente, caes de rodillas al suelo, fulminado, extasiado y desfallecido. Alzas la vista en su busca, clamando compasión, el cielo está vacío. El Sol se está elevando por detrás de ti haciéndote encarar las tinieblas, riéndose socarronamente de tí.
Finalmente, lo único que te queda son esas terribles quemaduras en tu espalda.
Ya no te queda tiempo... se ha evaporado.
Female.
sábado, 27 de febrero de 2010
Circunloquio de habla no inglesa.
Recaer... insultante y exultante exhibición de mi ineludible rebeldía ante todas las prohibiciones autoinflingidas, fragmentado en dos vocablos aparentemente inexistentes. Dolorosamente en el silencio de una sala oscura dónde las sonrisas están vetadas, mi ego disminuye inversamente proporcional a mi vulnerabilidad. Casi tres horas en blanco y negro mientras mi ser yerto ve pasivamente crecer las enredaderas a su alrededor. La quietud de la sala desprecia la magnificencia de mi calamidad inquisidora. Enunciados que se elevan durante segundos como zeppelines deseosos de inicar la hecatombe de Hindenburg, teinta y cinco minutos y treinta y cinco muertos me separan de la Omega de la indolencia. Estimaciones aproximadas de conclusiones de un análisis Freudiano recorren mi sobreestimulado sistema parasimpatico haciendo y deshaciendo a su antojo la sinapsis neuronal. La efigie de la melancolía de mi percepción exibida en mi boca. Deshinibidas confesiones impronunciables de místicas alegorías adoptan el perfume de las mimosas de medianoche. Pérmiteme levantarme sobre mis despellejadas extremidades hacia la solución final. Mis rodillas sucias de desiertos cabalgados por los cuatro jinetes del Apocalipsis dejan sendos rastros de sangre fría durante los rutinarios rezos al ídolo muerto. Átame las muñecas con hilo conductor de cobre sin toma de tierra y penderé durante siglos sobre el barranco de la recámara. Arrástrame sobre la línea de la utopía trangresora de la gente cobarde hacia el brillo metálico de un sueño cuya fuerza peremne no entiende de eternidad. Promesas y fraudes psicosomáticos enferman la materia de mi existencia. El vino empapa de aguarrás mi paladar. Incomprensible quiebramentes cuidadosamente emboscado de trabalenguas, primo hermano de bohemios instantes malditos, se vaticina como único y exclusivo bálsamo redentor e inalcanzable. Siento sentir que deseo sentimientos ajenos. Ayúdame a olvidar la vacuidad de la usanza con un beso de fusión fría que embadurne de helio mi traje deuterificado. Herrar y nadar en abrazos mediterráneos de los mares del Norte mientras tomamos té a la luz de las luciérnagas y encubrimos nuestra sustantividad con poses aristocráticas. Un suspiro aletargado aterriza liviano en la cúspide de la pared sobre la que yace la pantera. Sin hacer ruido, lentamente, de forma cuasi inadvertida el muro se reduce a escombros. El mayestático porte del animal cae al vacio heliocoidal de la apatía húmeda. Los labios presionados sobre la límpida frente, sin respuesta. El veredicto de su señoría es inapelable: desertora y culpable. Huiré en pos de la Eleuteria, edificaré una jaula de plástico para todos los entes de juicio prejuicioso que amen el genio de la multitud y raptaré al viento. Carezco del hemisferio derecho, mi sistema límbico vive dentro de un huracán y alguien debe anestesiar mi hipocampo, aniquilarlo. No es solo eso, ineducación e inadaptación inadecuadas. Ponme una cinta blanca, roja, negra y gris, recordaré lo indispensable cuando despierte de mi virginidad.
Sé odiar pero en este infinito sólo hay una persona merecedora de mi odio.
Female.
Sé odiar pero en este infinito sólo hay una persona merecedora de mi odio.
Female.
jueves, 25 de febrero de 2010
Galletas, limonada y gnomos de jardín.
Marina es una chica llena de manías, entre ellas la más destacable es la curiosa constumbre que tiene de llevar siempre la ropa empapada. No es que Marina quiera vivir siempre constipada o que siempre tenga demasiada prisa como para esperar a que seque su ropa, nada de eso. Desde que era niña, Marina siempre soñó con encontrar el amor y ella sabía exactamente cómo tendría que ser ese encuentro: ambos debían de llevar la ropa empapada ( no es necesario aclarar que los planos de besos empapados siempre tienen un hermoso dramatismo cinematográfico) Ella quería que fuese como una captura en sepia que almacenar en su álbum de recuerdos,una foto mental que poder enseñarles a sus nietos cuando fuese una anciana, el fotograma de un clásico del Hollywood de oro. Como nadie puede saber dónde y cúando encontrará el amor, Marina había decidido llevar siempre la ropa mojada, de esta forma siempre estaría preparada para el encuentro. Sería la forma en la que ambos se reconocerían, al igual que ella buscaba hombres con la ropa calada, Marina sabía que su partenaire también andaría buscando mujeres con las vestimentas mojadas. Una lógica tan sencilla para Marina que no admitía la réplica de sus amigos, que siempre la andaban recriminando tratando de sacarla de sus fantasias.
Una ajetreada mañana de un domingo estival, mientras el Sol brillaba en lo alto del cielo, Marina paseaba por la calle con su bonito vestido rojo y húmedo. Vió a lo lejos un atractivo chico con la mirada oteante como si buscase algo o a alguien. Marina advirtió que su ropa estaba empapada, como si llevase horas corriendo bajo la lluvia. "Es él- se dijo- tiene que ser él", y caminó decidida en su busca, sonriente y eufórica, imaginando en su cabeza cada una de las frases que él le diría. Casi podía percibir su voz recitándole la declaración que tantas veces había recreado: "He de decirte, sin pretensiones ni esperanzas, que te quiero". Cúanto más se acercaba a él, más claro lo veía todo, ¡le había encontrado! Marina creció sobre sus sandalias rojas de tacón y caminó exultante hacia el chico empapado contoneándose hermosa y radiante. Marina desfiló por delante del joven que la escaneó detenidamente y le dirigió una sonrisa. "Está hecho- pensó- ahora me lo dirá..." Pero antes de que Marina pudiese despertar de sus pensamientos, el chico giró la cabeza y Marina reparó en ella, una muchacha menuda y bonita que sostenía un trapo entre las manos con el que frotaba dulce y enérgicamente la camiseta del chico. Ambos se miraban tiernamente y la linda muchachita del trapo se puso de puntillas y besó a su hombre empapado. Decepcionada y abatida se dio la vuelta sobre sus sandalias escarlatas y se alejó. ¿Cómo podía haber sido tan ingénua? ¿Cómo podía haber puesto tanta ilusión en un desconocido que simplemente estaba mojado? "Quizás el chico tenga razón, es una tontería buscar otro hombre empapado.De nuestro abrazo lo único que podríamos obtener sería una pulmonía-divagaba Marina-Debería empezar a buscar un chico con una gamuza para secarme, que me cuide y me quite toda esta humedad de encima, ¡eso es exactamente lo que necesito!"-afirmó resuelta. Justo cuando Marina empezaba a darse por vencida una impredecible tormenta de verano estalló de pronto disipando todas sus dudas: quizás era una estupidez llevar siempre la ropa mojada, quizás lo que le convenía era un hombre-secadora y no otro imbecil constipado... quizás... quizás... Pero cada vez que cerraba los ojos y susurraba la palabra "amor" Marina solo podía imaginar aquel beso de dos seres empapados y fantasiosos en color sepia. Pusos sus ojos en el lluvioso cielo azul intenso y se sonrió.
Marina siguió vistiendo siempre ropa húmeda y buscando en cada esquina al chico de la camisa mojada. No sé si algún día llegó a encontrarle... ni si él la encontró a ella.
Y sentada en medio de la acera yo me lamento: ¡Cuánto daño ha hecho Amélie!
Female
Una ajetreada mañana de un domingo estival, mientras el Sol brillaba en lo alto del cielo, Marina paseaba por la calle con su bonito vestido rojo y húmedo. Vió a lo lejos un atractivo chico con la mirada oteante como si buscase algo o a alguien. Marina advirtió que su ropa estaba empapada, como si llevase horas corriendo bajo la lluvia. "Es él- se dijo- tiene que ser él", y caminó decidida en su busca, sonriente y eufórica, imaginando en su cabeza cada una de las frases que él le diría. Casi podía percibir su voz recitándole la declaración que tantas veces había recreado: "He de decirte, sin pretensiones ni esperanzas, que te quiero". Cúanto más se acercaba a él, más claro lo veía todo, ¡le había encontrado! Marina creció sobre sus sandalias rojas de tacón y caminó exultante hacia el chico empapado contoneándose hermosa y radiante. Marina desfiló por delante del joven que la escaneó detenidamente y le dirigió una sonrisa. "Está hecho- pensó- ahora me lo dirá..." Pero antes de que Marina pudiese despertar de sus pensamientos, el chico giró la cabeza y Marina reparó en ella, una muchacha menuda y bonita que sostenía un trapo entre las manos con el que frotaba dulce y enérgicamente la camiseta del chico. Ambos se miraban tiernamente y la linda muchachita del trapo se puso de puntillas y besó a su hombre empapado. Decepcionada y abatida se dio la vuelta sobre sus sandalias escarlatas y se alejó. ¿Cómo podía haber sido tan ingénua? ¿Cómo podía haber puesto tanta ilusión en un desconocido que simplemente estaba mojado? "Quizás el chico tenga razón, es una tontería buscar otro hombre empapado.De nuestro abrazo lo único que podríamos obtener sería una pulmonía-divagaba Marina-Debería empezar a buscar un chico con una gamuza para secarme, que me cuide y me quite toda esta humedad de encima, ¡eso es exactamente lo que necesito!"-afirmó resuelta. Justo cuando Marina empezaba a darse por vencida una impredecible tormenta de verano estalló de pronto disipando todas sus dudas: quizás era una estupidez llevar siempre la ropa mojada, quizás lo que le convenía era un hombre-secadora y no otro imbecil constipado... quizás... quizás... Pero cada vez que cerraba los ojos y susurraba la palabra "amor" Marina solo podía imaginar aquel beso de dos seres empapados y fantasiosos en color sepia. Pusos sus ojos en el lluvioso cielo azul intenso y se sonrió.
Marina siguió vistiendo siempre ropa húmeda y buscando en cada esquina al chico de la camisa mojada. No sé si algún día llegó a encontrarle... ni si él la encontró a ella.
Y sentada en medio de la acera yo me lamento: ¡Cuánto daño ha hecho Amélie!
Female
sábado, 20 de febrero de 2010
A través del espejo.
"Bienvenido a mi morada, entre por su propia voluntad y deje parte de la felicidad que lleva consigo"
Se miraba frente al espejo silenciosamente. Sus facciones permanecían fijas, su gesto indescifrable, clavaba la mirada sobre la reflectante superficie tratando de atisbar algo más allá de su propia imagen. Nada, el mismo rostro inmóvil, ley física arrogante.
La cámara se aleja de ella y toma un plano picado de la estancia para volvernos a dejar con el enfoque de sus ojos, una vez hecho el recorrido a través del cándido cuarto infantil.
El espejo es grande, lo suficiente para reflejar su cuerpo entero desnudo, ricamente ornamentado, filigranas y pan de oro. En la parte inferior del marco de caoba dorada unas letras de elegante caligrafía rezan una frase en latín que no acierta a comprender. Lleva horas en la misma posición, como una estatua de porcelana fina, a su alrededor el tiempo parece haberse quedado congelado; el leve movimiento de su pecho colorea la escena de una agobiante mortalidad que nos evoca la acción del inexorable, como granos de arena pasando de una a otra de las cabidades del reloj, un goteo incesante que paradójicamente nos hace pensar en la eternidad.
Vórtice de imágenes inconexas: unas manos sucias deshojando una rosa roja, unas manos sucias deshojando una rosa blanca, pétalos que se mezclan homogéneos. Un lobo negro congelándose, días rojos, grises y monótonos.
Una anciana de rostro deforme, negra parodia de un cráneo, un paisaje de cráteres abruptos y retorcidos en ángulos intangibles, las carnes cetrinas llenas de surcos y costurones, y el resto teñido del brillo resbaladizo del petróleo. Prácticamente calva, irrisorios mechones calcinados y canosos. Carece de la oreja izquierda, sólo una cavidad, y la nariz simulaba ser un pequeño fragmento de roca volcánica color ceniza. La boca era un tajo sin labios, un valle en medio de las rocosas montañas, y lo peor es que se movía. Convulsiones, estertores de muerte, un tic nervioso y grotesco le contraía las facciones, curvándole la comisura izquierda de la boca y agitando las estribaciones del tejido cicatricial de la calva. Ciega, ambos ojos de límpido cristal azul celeste enmáscardos por un pálido y fino velo blanquecino.
Camina arrastrando su esqueleto, pellejo marchito, como un ánima nauseabunda.
Apoya sus huesudas manos carentes de uñas, abominables garras de carne sanguinolienta, sobre la espalda desnuda de la niña.
"¿Sabes, cariño? Dios ha muerto, encontraron su cadaver maltrecho y apaleado en el huerto de aquellos hombres que hablaban en latín, ¿los recuerdas?" - las malévolas y finas líneas de sus labios emitieron, contra todo pronóstico, una melodía ancestral y hermosa.
La niña desnuda sigue atenta a su reflejo, impávida.
El cristal argentino comienza a temblar, la materia se torna plasma. El horrendo espectro de la mujer anciana se disuelve y en el lugar dónde su mano yació sobre el hombro de la muchacha, se abre una profunda cicatriz dorada que saca a la jóven de su estado natural. La niña sonríe y al segundo siguiente, chilla, se retuerce presa de un pánico incomprensible. Llora, acto seguido su expresión se vuelve tierna y armoniosa. Gime y el placer hace mella en sus blancas carnes. Cambia a la velocidad suficiente para que puedas reconocer el sentimiento que la posee en cada instante. La velocidad de sus mutaciones desciende progresivamente, el espejo no devuelve ya ninguna imagen, sigue agitándose con violencia. Alarga su brazo en un mecánico movimiento hasta que las yemas de sus dedos quedan a pocos milímetros del cristal plateado, se mira los pies descalzos y la realidad la golpea en la cara como un jarro de agua fría. Está encadenada al suelo, inamovible, trata de alargar los brazos hasta el tope de sus posibilidades pero sus dedos siguen sin alcanzar la puerta, el espejo. Estoica y abatida, se sienta en el suelo, espectadora pasiva de todos sus anhelos, realidad.
La anciana aparece de nuevo tras ella.
"Cielo, es hora de la lobotomía. No temas, mañana todo volverá a ser como antes, podrás seguir buscando la felicidad. "
Toma el cuerpo frío de la jóven entre sus garfios y duras hebras metálicas nacen de sus cúbitos para sujetar a la yaciente bella que no duerme. Ella no se resiste, asume con la mirada cargada de verdad. La vieja se para frente al espejo y recita con condescencia la frase latina:
"No hay nada más melancólico que la muerte de la belleza."
Da la vuelta y se marcha con la niña sujeta a sus brazos, suspirando con su dulcísima voz,
como cada noche.
Si dios ha muerto, es hora de buscar al anticristo - retumba una voz masculina y magnética al fondo del pasillo.
La ancia vuelve a emitir un hondo y cálido suspiro.
Horas más tarde, el Sol comienza a despuntar tras los cristales.
Una vez más.
Female.
Se miraba frente al espejo silenciosamente. Sus facciones permanecían fijas, su gesto indescifrable, clavaba la mirada sobre la reflectante superficie tratando de atisbar algo más allá de su propia imagen. Nada, el mismo rostro inmóvil, ley física arrogante.
La cámara se aleja de ella y toma un plano picado de la estancia para volvernos a dejar con el enfoque de sus ojos, una vez hecho el recorrido a través del cándido cuarto infantil.
El espejo es grande, lo suficiente para reflejar su cuerpo entero desnudo, ricamente ornamentado, filigranas y pan de oro. En la parte inferior del marco de caoba dorada unas letras de elegante caligrafía rezan una frase en latín que no acierta a comprender. Lleva horas en la misma posición, como una estatua de porcelana fina, a su alrededor el tiempo parece haberse quedado congelado; el leve movimiento de su pecho colorea la escena de una agobiante mortalidad que nos evoca la acción del inexorable, como granos de arena pasando de una a otra de las cabidades del reloj, un goteo incesante que paradójicamente nos hace pensar en la eternidad.
Vórtice de imágenes inconexas: unas manos sucias deshojando una rosa roja, unas manos sucias deshojando una rosa blanca, pétalos que se mezclan homogéneos. Un lobo negro congelándose, días rojos, grises y monótonos.
Una anciana de rostro deforme, negra parodia de un cráneo, un paisaje de cráteres abruptos y retorcidos en ángulos intangibles, las carnes cetrinas llenas de surcos y costurones, y el resto teñido del brillo resbaladizo del petróleo. Prácticamente calva, irrisorios mechones calcinados y canosos. Carece de la oreja izquierda, sólo una cavidad, y la nariz simulaba ser un pequeño fragmento de roca volcánica color ceniza. La boca era un tajo sin labios, un valle en medio de las rocosas montañas, y lo peor es que se movía. Convulsiones, estertores de muerte, un tic nervioso y grotesco le contraía las facciones, curvándole la comisura izquierda de la boca y agitando las estribaciones del tejido cicatricial de la calva. Ciega, ambos ojos de límpido cristal azul celeste enmáscardos por un pálido y fino velo blanquecino.
Camina arrastrando su esqueleto, pellejo marchito, como un ánima nauseabunda.
Apoya sus huesudas manos carentes de uñas, abominables garras de carne sanguinolienta, sobre la espalda desnuda de la niña.
"¿Sabes, cariño? Dios ha muerto, encontraron su cadaver maltrecho y apaleado en el huerto de aquellos hombres que hablaban en latín, ¿los recuerdas?" - las malévolas y finas líneas de sus labios emitieron, contra todo pronóstico, una melodía ancestral y hermosa.
La niña desnuda sigue atenta a su reflejo, impávida.
El cristal argentino comienza a temblar, la materia se torna plasma. El horrendo espectro de la mujer anciana se disuelve y en el lugar dónde su mano yació sobre el hombro de la muchacha, se abre una profunda cicatriz dorada que saca a la jóven de su estado natural. La niña sonríe y al segundo siguiente, chilla, se retuerce presa de un pánico incomprensible. Llora, acto seguido su expresión se vuelve tierna y armoniosa. Gime y el placer hace mella en sus blancas carnes. Cambia a la velocidad suficiente para que puedas reconocer el sentimiento que la posee en cada instante. La velocidad de sus mutaciones desciende progresivamente, el espejo no devuelve ya ninguna imagen, sigue agitándose con violencia. Alarga su brazo en un mecánico movimiento hasta que las yemas de sus dedos quedan a pocos milímetros del cristal plateado, se mira los pies descalzos y la realidad la golpea en la cara como un jarro de agua fría. Está encadenada al suelo, inamovible, trata de alargar los brazos hasta el tope de sus posibilidades pero sus dedos siguen sin alcanzar la puerta, el espejo. Estoica y abatida, se sienta en el suelo, espectadora pasiva de todos sus anhelos, realidad.
La anciana aparece de nuevo tras ella.
"Cielo, es hora de la lobotomía. No temas, mañana todo volverá a ser como antes, podrás seguir buscando la felicidad. "
Toma el cuerpo frío de la jóven entre sus garfios y duras hebras metálicas nacen de sus cúbitos para sujetar a la yaciente bella que no duerme. Ella no se resiste, asume con la mirada cargada de verdad. La vieja se para frente al espejo y recita con condescencia la frase latina:
"No hay nada más melancólico que la muerte de la belleza."
Da la vuelta y se marcha con la niña sujeta a sus brazos, suspirando con su dulcísima voz,
como cada noche.
Si dios ha muerto, es hora de buscar al anticristo - retumba una voz masculina y magnética al fondo del pasillo.
La ancia vuelve a emitir un hondo y cálido suspiro.
Horas más tarde, el Sol comienza a despuntar tras los cristales.
Una vez más.
Female.
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